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El Enemigo Silencioso: ¿Rutina, Costumbre o Monotonía? El Impacto en la Comunicación de Pareja

  • Foto del escritor: Karla Hernandez
    Karla Hernandez
  • 17 oct 2025
  • 3 Min. de lectura

SOCIAL

REDACCIÓN


La comunicación es el oxígeno de toda relación, pero a menudo se ve asfixiada por un trío insidioso: la rutina, la costumbre y la monotonía. Si bien los tres conceptos están interconectados y se confunden a menudo, cada uno ejerce una presión particular sobre el diálogo de pareja. La pregunta es, ¿cuál de los tres tiene el mayor potencial para silenciar el amor y llevar al distanciamiento emocional?


La Rutina: La Estructura Necesaria que se Vuelve Prisión


La rutina no es inherentemente mala. De hecho, la vida moderna, con sus horarios laborales y responsabilidades parentales, requiere de un cierto grado de estructura. La rutina puede proporcionar seguridad, predictibilidad y eficiencia. El problema surge cuando la rutina se apodera de cada espacio, convirtiendo la vida en pareja en una serie de acciones automáticas y predecibles.


En la comunicación, la rutina se manifiesta en el intercambio de información meramente logística: "¿Pagaste la luz?", "¿Recoges a los niños?", "¿Qué hay de cena?". Las conversaciones se vuelven superficiales, centradas en la gestión y carentes de profundidad emocional. Se pierden las preguntas genuinas sobre los sueños, miedos o pensamientos profundos del otro.


La Costumbre: El Comodín Peligroso


La costumbre, en este contexto, es la adaptación a esa rutina, el "contrato psicológico" no escrito donde se asume que las cosas siempre se harán de la misma manera. Es la zona de confort que, con el tiempo, se vuelve una trampa. Se instala una falsa sensación de conocimiento total sobre el otro: "Sé lo que va a decir", "Ya sé cómo va a reaccionar".


El impacto en la comunicación es devastador, ya que anula el deseo de escuchar de verdad. Si ya se sabe lo que el otro dirá o sentirá, ¿para qué preguntar o prestar atención? La costumbre engendra la incomunicación afectiva, el sentimiento de estar solo incluso estando acompañado, donde el "te amo" es un código automático y no una expresión sentida. Se reduce la iniciativa y se delega la responsabilidad de mantener viva la chispa en el otro.


La Monotonía: El Resultado Final y el Mayor Peligro


La monotonía es la consecuencia inevitable de una rutina rígida y una costumbre arraigada. Si la rutina es el camino y la costumbre la actitud de transitarlo, la monotonía es el sentimiento de aburrimiento y estancamiento que resulta de la falta de variedad o novedad.


Es en la monotonía donde el daño a la comunicación alcanza su punto máximo.


No solo las conversaciones son superficiales (rutina) o inexistentes (costumbre), sino que se añade un elemento de desinterés y frustración. La monotonía mata la motivación para compartir. "¿Para qué contarle esto si no le va a importar?" o "¿De qué hablamos si siempre es lo mismo?". La falta de novedad en las experiencias compartidas (nuevos planes, sorpresas, intimidad no protocolaria) deja a la pareja sin "temas" y sin emoción que alimentar el diálogo.


El Verdugo de la Conexión


Si tuviéramos que elegir al verdugo más potente de la comunicación, sería la monotonía.

La rutina y la costumbre son los mecanismos que conducen a ella, pero la monotonía es el estado final de aburrimiento y desinterés que hace que la decisión de dejar de amar sea cada vez menos consciente y más fácil.


Cuando la monotonía se instala, la pareja experimenta:


  1. Conversaciones superficiales: Solo logística, no intimidad emocional.

  2. Aislamiento emocional: Sensación de soledad junto al otro.

  3. Pérdida de la iniciativa: Nadie propone planes ni conversaciones nuevas.

  4. Disminución de la intimidad: La desconexión afecta el deseo sexual y el afecto.


Para romper este círculo vicioso, la solución siempre pasa por reforzar la comunicación consciente. No se trata solo de hablar más, sino de hablar con un propósito: expresar sentimientos, atender a los pequeños detalles, tomar la iniciativa para planes nuevos y, fundamentalmente, cuidar la relación como un tesoro que se recrea día a día con palabras y actos, evitando que el silencio de lo ya sabido se convierta en el epitafio de la relación.

 

 
 
 

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